Ghosts'n Goblins llevó a la Game Boy la esencia de su versión arcade de 1985: plataformas rígidas, enemigos que aparecen sin previo aviso y una dificultad calculada al milímetro para hacer sufrir al jugador, con Arthur perdiendo la armadura -y quedando en calzoncillos- al primer golpe recibido.
Es un juego que sigue teniendo fama de exigente incluso entre quienes disfrutan el reto retro, y su presencia en Game Boy permitió que varias generaciones descubrieran, en formato reducido, por qué la saga se ganó fama de despiadada desde el primer día.

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