Wario Land II, desarrollado por Nintendo, tomó una decisión de diseño tan simple como radical: Wario ya no puede perder vidas ni morir, sólo perder monedas o sufrir transformaciones cómicas según el enemigo que lo golpee (queda aplastado, en llamas, convertido en zombi), y cada estado abre caminos distintos dentro del nivel. Esa mecánica convierte al escenario en un rompecabezas de exploración antes que en un desafío de reflejos puro.
Es, junto al primer Wario Land, una de las piezas más elogiadas del catálogo de plataformas de Game Boy: un juego que sigue jugándose bien hoy porque su idea central -el fracaso como herramienta, no como castigo- envejeció mejor que casi cualquier otro truco de diseño de su época.
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