Setenta y seis entradas de catálogo ajeno en un chip: rutina dorada del ensamblador famiclone, que a esta escala todavía podía ofrecer bastante juego real entre los duplicados de cortesía. Estos cartuchos eran la biblioteca entera de muchos hogares. Patrimonio popular sin autor, con más horas jugadas que muchos clásicos oficiales.

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