China Warrior pone a un monje guerrero a golpear oleadas de enemigos gigantes con animaciones aparatosas pensadas para lucir músculo técnico más que profundidad de combate, apoyado en sprites de gran tamaño poco comunes en 1989. Es recordado hoy con cariño irónico: fue una carta de presentación vistosa pero mecánicamente limitada, un caso de estudio interesante sobre cómo el lanzamiento de una consola prioriza el impacto visual por sobre la jugabilidad profunda.

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