Salaryman Champ convierte al asalariado japonés, símbolo del sacrificio corporativo, en protagonista de un juego que se ríe de su propia rutina. Exclusivo de Japón, nunca se tradujo. Su interés hoy es casi antropológico: pocas obras retratan con tanta sorna la cultura de oficina nipona posterior al estallido de la burbuja económica.

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