Jaleco firma una de las ideas más brillantes de la portátil: el protagonista muere en la primera escena y regresa como espíritu capaz de poseer a cualquier enemigo, heredando su arsenal y sus debilidades. Cada cuerpo es un arma distinta y una vida prestada. Acción lateral con una mecánica que sigue sin envejecer, injustamente ignorada en su momento.
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