Tamagotchi trasladó a Game Boy el fenómeno que Bandai había desatado con su juguete homónimo: una criatura digital que nace, come, juega, se enferma y puede morir si el jugador la descuida. En la versión de consola, esa mecánica de cuidado constante se combina con la pantalla y los controles de Game Boy, como alternativa al llavero original que hizo furor en las mochilas escolares de todo el mundo.
Es, ante todo, un documento de una época muy concreta: la del auge de las mascotas virtuales como fenómeno cultural transversal, antes de que los teléfonos absorbieran esa función. Volver a él hoy tiene el atractivo nostálgico de revivir esa ansiedad tierna de no dejar morir a un bicho hecho de píxeles.
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