Sigue la fórmula que popularizaron Nintendogs y sus decenas de imitadores: elegir animales, alimentarlos, jugar con ellos y verlos crecer, aunque acá el catálogo se corre de perros y gatos hacia especies salvajes —leones, elefantes, monos— presentadas en un tono más de zoológico virtual que de mascota realista. Es uno de tantos simuladores de crianza que la DS acumuló en su segunda mitad de vida.
No dejó huella crítica ni de ventas relevante: es catálogo de relleno, útil hoy solo para trazar el mapa de cuánto se explotó ese género en la consola.
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