Fruto de la fiebre jiangshi que el cine de Hong Kong desató en el Japón ochentero: segunda entrega de los vampiros saltarines en Famicom, con talismanes, brincos rígidos y terror de matiné infantil. Los niños cazafantasmas de la TV tuvieron su cartucho a la altura. Folclore chino vía pop japonés, encantador híbrido.

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