Interplay llevó a PlayStation en 1996 la fórmula de Tempest 2000, aquel milagro que Jeff Minter había obrado en Atari Jaguar. Vectores fosforescentes, tubos que giran y una banda sonora techno que convierte la partida en experiencia sensorial. Es shooter puro, sin argumento ni concesiones, y sigue siendo de lo más adictivo del catálogo occidental de la consola.
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