King Kong, programado por Karl T. Olinger para Tigervision en 1982, copia sin disimulo el primer escenario de Donkey Kong: escalar escaleras esquivando bombas mientras se rescata a una chica en la cima, con los barriles reemplazados por lo que la crítica de la época describió, sin mucho cariño, como una fila de inodoros con mechas encendidas. Su existencia no fue casual: Universal Studios, que demandaba a Nintendo y Coleco por Donkey Kong alegando que infringía sus derechos sobre King Kong, le dio a Tiger Electronics la licencia para fabricar este cartucho y un juguete electrónico, como forma de demostrar ante la justicia que sus propios productos de King Kong sufrían por la existencia del gorila de Nintendo. Su jugabilidad tosca y su parecido evidente lo volvieron, más que un juego memorable, una pieza clave para entender uno de los litigios más curiosos de la historia legal de los videojuegos.

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