La secuela japonesa (1988) que se atrevió a demoler el sistema de niveles: los personajes mejoran según lo que hacen —golpear fortalece el brazo, sangrar engorda la vida— y la trama abraza un dramatismo de rebelión contra el imperio inédito en el género. Divisiva entonces, visionaria vista hoy: aquí germinó el gusto de la saga por reinventarse.

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