Para su cuarta entrega la serie ya era institución: Pachio-kun recorre nuevos distritos, negocia con personajes pintorescos y enfrenta máquinas de comportamiento cada vez más elaborado. El encanto sigue siendo el mismo: ver caer bolitas con esperanza matemática. Pocas sagas retratan mejor la intersección japonesa entre videojuego doméstico y vicio de barrio.

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