La secuela de 1996 hizo todo mejor: más luchadores, más modos, un modo historia de verdad y una fluidez que dejó mirando a la competencia. Vendió millones y consolidó a Tekken como el juego de peleas de PlayStation, con la saga Mishima, esos padres que arrojan hijos por acantilados, como culebrón familiar. Para muchos sigue siendo el equilibrio perfecto de la serie.
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