Chiller pone al jugador frente a escenas de una mazmorra de tortura, disparando contra víctimas encadenadas para 'liberarlas' de forma extremadamente gráfica para los estándares de la época. Su nivel de violencia gratuita generó rechazo inmediato en la prensa y llevó a que muchas distribuidoras y países directamente lo retiraran o prohibieran su instalación en salones.
Hoy se lo estudia como caso de referencia obligado en cualquier historia sobre la censura y la violencia en los videojuegos: un ejemplo temprano de hasta dónde podía llegar el arcade antes de que la industria empezara a autorregular sus contenidos.
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