Bajo el nombre simple de Casino circuló en Europa una de tantas compilaciones de juegos de mesa y azar que las consolas de fines de los ochenta ofrecían como sustituto casero de una noche de casino: blackjack, póker y alguna máquina tragamonedas, con un pozo de dinero ficticio para apostar partida tras partida. Son cartuchos pensados para partidas cortas en familia, sin otra ambición que simular la mesa de juego sin el riesgo real del dinero. Hoy interesan más como curiosidad de catálogo que como experiencia jugable en sí misma.

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