Hacman II pertenece a la estirpe de comecocos apócrifos con que la escena de la Atari ST se divirtió mientras el original reinaba en otras partes: el nombre, mitad homenaje y mitad coartada legal, delata la segunda entrega de un clon casero con personalidad propia. Estos laberintos circulaban por bibliotecas de dominio público y discos de revista.
Sin créditos firmes conservados, queda como ejemplar simpático de un género que no necesitaba presentación: puntos, fantasmas, píldoras de poder y la matemática eterna de la persecución por pasillos. La secuela confirma que el público pedía más.
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