Hudson firmó una de las ideas más tiernas de la Famicom: dos pingüinos enamorados avanzan en espejo por un laberinto, controlados a la vez con un solo mando, hasta reunirse en la meta. Simple, hipnótico y sorprendentemente exigente. Pieza de culto de 1985 que las Famiclone difundieron por el mundo entero.

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