Cakewalk es uno de los tantos cartuchos que distintas compañías menores lanzaron para Atari 2600 durante el boom de terceros de comienzos de los 80, cuando decenas de sellos pequeños compitieron por un espacio en las góndolas sin dejar demasiado rastro documental de sus juegos. Lo que sobrevive de él permite ubicarlo dentro de esa masa de producción menor de la consola, sin datos firmes sobre autoría o mecánica específica más allá de lo genérico del catálogo de la época. Casos como este son un recordatorio de que la biblioteca de Atari 2600 no se agota en sus clásicos: hay un volumen enorme de software de circulación limitada que hoy sobrevive gracias al coleccionismo antes que a la memoria colectiva.

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