Shanghai trasladó a la Game Boy la fórmula que hizo popular al género del solitario de mahjong: una pirámide de fichas emparejables donde el objetivo es despejar el tablero identificando pares idénticos, sin el componente de azar ni oponentes del mahjong tradicional. Su simpleza y su ritmo pausado lo convirtieron en un clásico silencioso de la época.
Todavía funciona como el juego ideal para las pausas cortas: no exige aprendizaje, no apura al jugador, y conserva ese atractivo casi hipnótico de ir despejando el tablero ficha por ficha.
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