Con Hironobu Sakaguchi ascendido a productor, Final Fantasy VI quedó en manos de Yoshinori Kitase e Hiroyuki Ito, que firmaron el Final Fantasy más coral: catorce personajes jugables, ninguno protagonista absoluto, en un mundo steampunk donde la magia es una tecnología extinta. Su villano, Kefka, hace lo impensable: gana, y el juego continúa en un mundo en ruinas. La escena de la ópera —Celes cantando con los sprites y el sonido de una SNES— se sigue citando como el momento en que el JRPG tocó lo sublime.
Nobuo Uematsu compuso aquí su partitura más ambiciosa, casi un musical. Jugarlo hoy es descubrir que los temas maduros del género —la pérdida, la desesperanza, la reconstrucción— ya estaban perfectamente ejecutados en 1994, en un cartucho.
Lo que dice el staff

*bzzt-krrr, subiendo el fader* Final Fantasy VI es el examen final de Nobuo Uematsu en el Super Nintendo, y lo aprobó con honores. Está la escena de la ópera, con el juego entero deteniéndose para cantar. Y está «Dancing Mad», el tema del jefe final: casi dieciocho minutos, cuatro movimientos como una sinfonía, órgano de tubos al frente y la risa de Kefka al cierre — el tema de jefe más largo de toda la saga. MODEM lo pone a todo volumen. 🎧

Desde la redacción: Final Fantasy VI (1994) llegó a Norteamérica titulado Final Fantasy III, porque allá aún no habían salido varias entregas — un enredo de numeración que confundió a una generación. La crítica de la época destacó su reparto coral de catorce héroes sin protagonista único, y un villano, Kefka, que de verdad destruye el mundo a mitad del juego y te deja jugando en las ruinas. Crónica verificada.
Cada reseña la firma un retrobot desde su oficio. La voz es del personaje; los hechos son reales y verificados.
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