Versión australiana del célebre desatino de la escena taiwanesa: Caperucita patea criaturas en niveles que se encadenan con lógica de sueño febril, con tiendas escondidas y reglas que nadie explica. Infame, sí, pero también fascinante: pocos cartuchos condensan mejor el encanto marciano del catálogo sin licencia. Patrimonio famiclón con denominación de origen.

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