Consolas
Mega Drive / GenesisSega se jugó todo a los 16 bits antes que nadie, se armó una identidad de velocidad y actitud, y en Brasil terminó siendo casi una religión aparte.
Cuando Sega puso a la venta el Mega Drive en Japón el 29 de octubre de 1988, no estaba nada claro que fuera a cambiar algo. Nintendo todavía reinaba con la Famicom y el mercado japonés recibió la máquina nueva con cortesía más que con entusiasmo. Pero esa fecha importa por otra razón: aunque NEC ya había estrenado en Japón, un año antes, su PC Engine con el rótulo comercial de "16 bits", Sega fue la primera en poner en la calle una consola con un procesador realmente de 16 bits, el Motorola 68000, corriendo juegos con paletas más generosas, sprites más grandes y un scroll que parecía otra cosa. La apuesta era arriesgada, pero sentó las bases de todo lo que vino después.
Lo que vino después fue Estados Unidos. Ahí la máquina no pudo llamarse Mega Drive porque Sega no consiguió asegurar esos derechos de nombre en la región, así que en agosto de 1989 debutó como Genesis. Y ahí, con Tom Kalinske al frente de Sega of America desde 1990, la marca dejó de jugar a la defensiva. Nació la campaña "Genesis does what Nintendon't", una embestida directa, con nombre y apellido del rival incluido, algo sin precedentes en un mercado que hasta entonces se había manejado con guantes. Sega construyó una imagen más adolescente, más irreverente, pensada para un público que sentía que Nintendo le hablaba solo a los chicos.
En esa misma ofensiva apareció el "blast processing", una de las frases publicitarias más recordadas de los noventa. En los hechos describía una capacidad bastante puntual del chip gráfico para mover memoria durante el apagado horizontal de pantalla, algo que en la práctica se traducía en scrolls apenas más ágiles en ciertas situaciones. Pero como eslogan fue perfecto: sonaba a poder bruto, era casi imposible de refutar para un chico de doce años, y le dio a cada usuario de Sega un argumento para el patio del colegio. Esa mezcla de identidad agresiva y publicidad audaz es, probablemente, lo que más se recuerda de la consola incluso hoy.
Sonoramente, el Mega Drive tenía una firma que se reconoce apenas suena. El corazón era el Yamaha YM2612, un sintetizador FM de seis canales que le daba a los juegos ese timbre metálico, percusivo, con bajos gruesos y melodías que a veces sonaban casi a sintetizador de estudio de grabación. A eso se sumaba el viejo Texas Instruments SN76489, heredado de la Master System, que aportaba los efectos y las ondas cuadradas más simples. La combinación de los dos chips es inconfundible: es el sonido de las explosiones de Streets of Rage 2, de las corridas de Sonic the Hedgehog. Ningún otro sistema de la época sonaba exactamente así.
Y después estaba el catálogo, que terminó de cerrar la identidad de la marca. Sonic the Hedgehog llegó en 1991 como respuesta directa a Mario: un erizo azul, rápido, con actitud, hecho a medida para lucir la velocidad que Sega quería vender. Sonic the Hedgehog 2, al año siguiente, mejoró casi todo y sumó a Tails; Sonic 3 & Knuckles, en 1994, llevó la fórmula a su versión más ambiciosa. Pero la consola no vivía solo de su mascota: Streets of Rage 2 es, para buena parte de una generación, el techo del género de pelea callejera en 16 bits, con una banda sonora de Yuzo Koshiro que hoy sigue sonando adelantada a su tiempo. Y Gunstar Heroes, hecho por Treasure —un estudio recién formado por gente que había dejado Konami buscando más libertad creativa—, es de esas rarezas de culto que definen a la consola por su ritmo frenético y sus jefes gigantes.
La consola tampoco era solo velocidad y acción: Phantasy Star IV, de 1993, demostró que el catálogo tenía peso propio en el rol por turnos, un terreno donde Nintendo parecía tener la ventaja asegurada. Esa variedad de géneros, sumada a la agresividad comercial, le permitió a Sega pelearle mercado a mercado a Nintendo como ningún otro fabricante lo había logrado antes.
Y hay una región donde esa pelea no fue pareja: la ganó Sega por paliza. En Brasil, la empresa local Tec Toy se convirtió en socia oficial de Sega y lanzó el Mega Drive el 1 de septiembre de 1990. Con aranceles de importación altísimos, fabricar la consola de forma local fue la jugada maestra: la volvió accesible en un mercado donde lo importado era un lujo. El resultado fue una popularidad descomunal, con Tec Toy llegando a dominar buena parte del mercado local de videojuegos y sosteniendo la vida comercial del Mega Drive en Brasil mucho después de que el resto del mundo hubiera pasado de página.
Con el correr de los años, el Mega Drive terminó cerca de los 30 millones de unidades vendidas en todo el mundo, una cifra que en su momento consolidó a Sega como la alternativa real frente a Nintendo, algo que ningún otro fabricante había conseguido de manera tan sostenida. Dejó una identidad sonora propia, un catálogo de acción que todavía se cita como referencia, una mascota que le disputó el trono a Mario y la prueba de que, con la campaña correcta, una consola podía venderse tanto por actitud como por hardware.
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