Bigfoot lleva el nombre del célebre camión monstruo estadounidense y propone carreras todoterreno donde la gracia está en aplastar autos bajo las ruedas gigantes mientras se compite contra el reloj o contra otros vehículos, un subgénero que tuvo su pequeño boom en el paso de los ochenta a los noventa gracias a la popularidad televisiva del monster truck original. Funciona más como curiosidad de nicho que como una carrera técnicamente ambiciosa: la gracia está en la premisa de destrucción antes que en la simulación de conducción. Se lo recuerda como parte de esa ola de licencias y semi-licencias sobre fenómenos de la cultura popular estadounidense que llegaban filtradas a Europa.
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