Steve Cartwright lo diseñó en 1983 con una idea tan simple como tensa: el protagonista debe saltar de témpano en témpano, cada uno moviéndose en una dirección distinta, para juntar los bloques de hielo necesarios y completar un iglú antes de que el frío lo debilite, todo mientras esquiva osos polares, cangrejos y aves que complican cada salto. La gestión del tiempo, el frío y el ritmo de los témpanos lo vuelve mucho más exigente de lo que sugiere su estética amable.
Se lo cita habitualmente entre los mejores juegos del catálogo del 2600 en general, no solo de Activision, un ejemplo de diseño elegante logrado con una premisa mínima y una ejecución impecable.

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