Capcom rompió con el tono colorido de la saga para proponer un mundo subterráneo y distópico, donde Ryu y sus compañeros escapan de una sociedad de castas mientras administran un contador de Dragón que, al agotarse, termina la partida sin vuelta atrás: una decisión de diseño que privilegiaba la tensión y el ahorro de recursos por sobre la exploración cómoda. La recepción fue dividida entre quienes valoraron el riesgo y quienes extrañaban el RPG más clásico de las entregas anteriores.
Con el tiempo se transformó en una obra de culto: se la revisita hoy como uno de los experimentos más audaces que Capcom se permitió dentro de un género que rara vez tocaba con tanta libertad.
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