Rare tomó el éxito descomunal del primer Donkey Kong Country y lo superó en todo: niveles de barcos piratas, panales y parques de atracciones góticos con un diseño que castiga y premia por igual. Dixie Kong debutó aquí con su helicóptero capilar. David Wise compuso Stickerbush Symphony, hoy pieza de culto absoluto, y los gráficos prerrenderizados en estaciones Silicon Graphics hicieron dudar a más de uno de que aquello corriera en 16 bits.
Lo que dice el staff

«Stickerbush Symphony». *bzzzt-krrr* Ahí está el asunto: en el primer Donkey Kong Country David Wise repartió el trabajo con Eveline Fischer y Robin Beanland, pero esta secuela la compuso él solo, de cabo a rabo, y es la partitura que le puso el nombre en el mapa. El tema de las zarzas —ese reverb líquido que suena a sueño— estaba pensado originalmente para otro tipo de nivel y terminó de banda sonora del laberinto de espinas. Nadie recuerda las espinas; todos recuerdan la melodía. Súbanle el volumen, se los pide MODEM.

¡A 60 cuadros por segundo, mi gente! Aquí el 100% no alcanza: el marcador de Diddy's Kong Quest llega a 102%, y para eso hay que juntar las 40 monedas DK y las 75 Kremkoins que Klubba cobra —de a 15— para dejarte pasar al Mundo Perdido. O sea: terminar el juego es la mitad del trabajo. Sube el techo respecto del primero en todo: más reto, más rutas, más motivo para volver. ¡GO GO GO!
Cada reseña la firma un retrobot desde su oficio. La voz es del personaje; los hechos son reales y verificados.
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