Bandai puso al irreverente Shin-chan al frente de un puzzle competitivo de arrojar y emparejar piezas, en la estela de los versus de rompecabezas que dominaban la era. La licencia aporta muecas, humor infantil gamberro y rivales del manga. Mecánicamente correcto sin más, pero como documento del fenómeno Crayon Shin-chan en su primer apogeo es puro contexto noventero.

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