La secuela dobla la apuesta por el delirio: niveles que son concursos televisivos, salchichas voladoras, abuelas lanzadas al vacío y una lombriz cada vez menos sujeta a la lógica. Animación soberbia y variedad casi caótica. Algunos lo prefieren al original, otros extrañan su foco; nadie discute que no existe nada parecido.
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