Moorhuhn nació como un fenómeno de culto en Alemania a fines de los noventa: un tiro al blanco liviano, casi de kermés, donde había que acertarle a gallinas que cruzaban la pantalla en distintos paisajes. Esta tercera entrega, subtitulada "...Es gibt Huhn!" ("¡hay pollo!"), llevó esa fórmula sencilla y algo disparatada a la Game Boy, con la mira siempre puesta en la precisión y el cronómetro antes que en cualquier narrativa.
Hoy funciona como una curiosidad simpática, testimonio de cómo un chiste visual bien resuelto podía convertirse en franquicia continental. No busca profundidad: busca que apunten, disparen y se rían, algo que sigue funcionando en sesiones cortas.

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