Mike abrió su casino en algún rincón del archivo y no dejó ni el apellido: la entrada llega sin créditos ni fecha. Adentro, la promesa de siempre: paño verde, cartas o ruedas y esa contabilidad que favorece misteriosamente a la casa.
Los casinos de fósforo fueron escuela de probabilidad para toda una generación: se aprendía perdiendo, pero perdiendo gratis.
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