Super Grand Prix promete la liturgia completa del automovilismo de elite: monoplazas, chicanas y ese cronómetro que convierte décimas en drama. El prefijo súper era sello de época: todo lo veloz lo llevaba, por contrato no escrito del marketing ochentero.
Sobre esta edición atariana los registros son parciales, y la ficha no sube al podio datos sin verificar. Queda la grilla armada y el semáforo esperando: la pole position es de quien cargue el disco primero.
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