Super Hang-On llevó en 1987 la moto de Sega a la gira mundial: cuatro continentes, turbo en la empuñadura y esa inclinación de cuerpo que el mueble original obligaba con la moto entera. La conversión doméstica trajo el vértigo al escritorio.
Música que empuja, asfalto que traga y el turbo como pacto de riesgo: pocos juegos de velocidad envejecieron con tanta dignidad. Elegir la balada del menú ya era parte del ritual.
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