Countout toma su nombre del conteo final —el del árbitro sobre el boxeador caído o el del reloj que se agota— y lo convierte en pasatiempo. Piezas así abundaron en el circuito casero: ideas chicas, bien empaquetadas, listas para un rato de ingenio.
Sin registros firmes de autoría, la ficha se queda en el espíritu: contar, calcular y llegar antes de que el diez suene en la lona.
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