Rabbit Jump enuncia su mecánica con honestidad zoológica: conejo, salto, y a otra cosa. Los animales saltarines fueron la aristocracia del software casero: baratos de animar, imposibles de odiar.
La documentación escasea y la redacción no fabula: queda fichado como brinco simpático del catálogo, con orejas y sin biografía.
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