Se aparta de la comedia costumbrista habitual de las tiras de Garfield para proponer una premisa más fantástica: el gato queda atrapado en un mundo de pesadillas generado por su propia imaginación, y debe recorrer niveles de plataformas variados —cada uno basado en un miedo distinto— para poder despertar. Es una vuelta de tuerca poco habitual para una licencia que en videojuegos solía apostar más por lo cotidiano que por lo onírico.
Llegó a varios idiomas europeos como parte de la explotación constante que Jim Davis y sus licenciatarios hicieron del personaje en distintas plataformas, sin gran repercusión crítica pero con una identidad algo más particular que el promedio de sus tie-ins.
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