Sigue la aventura del pingüino emperador que conquistó al mundo bailando claqué, ahora con su hijo Erik como coprotagonista, en niveles de plataformas pensados para el público infantil que había visto la película en el cine. Es una licencia familiar correcta, sin sorpresas, atada al estreno de una secuela que no repitió el impacto cultural del filme original de 2006.

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