Sitúa al jugador dentro de un pabellón cerrado plagado de criaturas deformes y pasillos que cambian sin lógica aparente, resolviendo la tensión con combate directo en primera persona y una iluminación mínima que exprime al máximo el hardware de la consola. Es una demostración de que la DS podía sostener terror genuino sin depender de gráficos potentes: pura atmósfera, sonido y diseño de niveles opresivo.

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