Miss Mind toma la mecánica sagrada del Mastermind (combinaciones ocultas, pistas de acierto parcial, deducción escalonada) y la envuelve en el formato pícaro que cierto software europeo de los ochenta cultivaba sin sonrojarse: cada código resuelto acerca la recompensa fotográfica de Sara, la anfitriona de turno.
Como documento de época, cuenta una verdad del mercado: los pasatiempos de lógica se vendían mejor con coartada traviesa. La deducción, eso sí, es idéntica con o sin rubor: colores, posiciones y cabeza fría.
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